El caudillismo americano constituye básicamente una tipología política y social que correspondió esencialmente al periodo histórico transcurrido desde el final de las guerras de Independencia americanas, hacia 1825, hasta el afianzamiento de los estados nacionales, en la segunda mitad del siglo XIX.
La independencia había creado, de hecho, las nuevas nacionalidades hispanoamericanas, pero éstas tenían planteado un problema fundamental: definir su personalidad y trazar el itinerario de su futuro. A los años posteriores a la emancipación, siguió un prolongado periodo de conflictos que generalmente desembocaron en guerras civiles.
La independencia había creado, de hecho, las nuevas nacionalidades hispanoamericanas, pero éstas tenían planteado un problema fundamental: definir su personalidad y trazar el itinerario de su futuro. A los años posteriores a la emancipación, siguió un prolongado periodo de conflictos que generalmente desembocaron en guerras civiles.
El caudillo es algo más que un jefe. Su autoridad indiscutible se basa, por sobre cualquier cargo formal, militar o civil, en cierto ascendiente o influencia sobre una comunidad. El caudillo se hace seguir y obedecer por su prestigio o su carisma. Ejerce entonces una forma directa y tradicional de poder personal, cuyos antecedentes se remontan a la jefatura tribal y recorren toda la historia de las sociedades, subsistiendo hasta nuestros días incluso en el marco de las instituciones democráticas modernas.
El caudillismo puede llegar a tener una orientación movilizacionista contra el statu quo, o un carácter conservador o reaccionario. En la historia de la independencia latinoamericana, aparece principalmente como vehículo de movilización de los pueblos en las revoluciones y guerras internas. En una acepción amplia, fueron caudillos de la causa republicana hombres como Bolívar, Dorrego, Juárez y Martí. En sentido más estricto, el término se aplica a un tipo de liderazgo paternalista, de origen rural sobre todo, que ejemplifican las figuras de Artigas, Páes, Quiroga o Rosas, cuya significación movilizacionista o conservadora sigue siendo en algunos casos un asunto polémico.
En su biografía de El Chacho Peñaloza, Domingo F. Sarmiento aclara que utiliza la palabra caudillo para designar a esos "patrialcales y permanentes jefes que los jinetes de la campaña se dan, obedeciendo a sus tradiciones indígenas", cuyos alzamientos contra las ciudades obstaculizaron la organización de la República. En su Historia de Belgrano, Bartolomé Mitre los califica como exponentes de la "democracia bárbara". Juan Bautista Alberdi, en Grandes y pequeños hombres del Plata, define este caudillaje americano como expresión inorgánica de la voluntad popular, en "una democracia que no se ha constituido definitivamente".
Al clásico enfoque descalificatorio de la historiografía liberal, el revisionismo histórico argentino contrapuso una reivindicación de los caudillos federales, que Arturo Jauretche sintetizó en la metáfora de que "el caudillo era el sindicato del gaucho".
Otras reinterpretaciones históricas, desde posiciones de izquierda, rescatan el significado de la lucha de los caudillos del interior contra el centralismo bonaerense y el neocolonialismo británico.
En épocas más recientes, el concepto de caudillo se aplicó a líderes como Yrigoyen, Vargas o Perón. En España tiene una connotación inevitable referida al dictador Franco, quien asumió deliberadamente ese título. Todo ello ha contribuido a ahondar la discusión sobre la compatibilidad de la democracia con el caudillismo.
Fuente: Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas - Torcuato S. Di Tella, Hugo Chumbita, Susana Gamba, Paz Gajardo.
El caudillismo puede llegar a tener una orientación movilizacionista contra el statu quo, o un carácter conservador o reaccionario. En la historia de la independencia latinoamericana, aparece principalmente como vehículo de movilización de los pueblos en las revoluciones y guerras internas. En una acepción amplia, fueron caudillos de la causa republicana hombres como Bolívar, Dorrego, Juárez y Martí. En sentido más estricto, el término se aplica a un tipo de liderazgo paternalista, de origen rural sobre todo, que ejemplifican las figuras de Artigas, Páes, Quiroga o Rosas, cuya significación movilizacionista o conservadora sigue siendo en algunos casos un asunto polémico.
En su biografía de El Chacho Peñaloza, Domingo F. Sarmiento aclara que utiliza la palabra caudillo para designar a esos "patrialcales y permanentes jefes que los jinetes de la campaña se dan, obedeciendo a sus tradiciones indígenas", cuyos alzamientos contra las ciudades obstaculizaron la organización de la República. En su Historia de Belgrano, Bartolomé Mitre los califica como exponentes de la "democracia bárbara". Juan Bautista Alberdi, en Grandes y pequeños hombres del Plata, define este caudillaje americano como expresión inorgánica de la voluntad popular, en "una democracia que no se ha constituido definitivamente".
Al clásico enfoque descalificatorio de la historiografía liberal, el revisionismo histórico argentino contrapuso una reivindicación de los caudillos federales, que Arturo Jauretche sintetizó en la metáfora de que "el caudillo era el sindicato del gaucho".
Otras reinterpretaciones históricas, desde posiciones de izquierda, rescatan el significado de la lucha de los caudillos del interior contra el centralismo bonaerense y el neocolonialismo británico.
En épocas más recientes, el concepto de caudillo se aplicó a líderes como Yrigoyen, Vargas o Perón. En España tiene una connotación inevitable referida al dictador Franco, quien asumió deliberadamente ese título. Todo ello ha contribuido a ahondar la discusión sobre la compatibilidad de la democracia con el caudillismo.
Fuente: Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas - Torcuato S. Di Tella, Hugo Chumbita, Susana Gamba, Paz Gajardo.
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